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PRESENTACIÓN DEL CARTEL
“FERVOROSA HERMANDAD DE NAZARENOS Y COFRADÍA DE PENITENCIA DEL SANTÍSIMO CRISTO DE LA BUENA MUERTE Y NUESTRA SEÑORA DEL AMOR Y DEL TRABAJO”.
Gracias a D. Antonio Rodríguez por su amable presentación.
Hermano mayor, miembros de las juntas de gobierno de las hermandades y cofradías aquí presentes, cofrades, señoras y señores:
En primer lugar deseo manifestar mi agradecimiento a los miembros de la Cofradía del Smo Cristo de la Buena Muerte, la cofradía de los ferroviarios, por haberme invitado a hacer la presentación del cartel de este año, a pesar de mi poca experiencia en este mundo de cofradías de penitencia, pues mi quehacer pastoral me lleva por otros caminos, aunque, con todo, estoy vinculado a una cofradía de El Rubio, un pueblo sevillano en que pasé parte de mi infancia. Por otra parte, inexperiencia no significa indiferencia ante este mundo, pues lo considero una parcela importante del pueblo de Dios que la Iglesia debe cuidar con todo esmero. Por todo ello he aceptado con gusto la invitación que se me ha hecho, aunque naturalmente, realizaré mi tarea desde la parcela que me ha tocado cultivar en la Iglesia de Dios, la palabra de Dios. ¡Y Cristo crucificado es la gran palabra que Dios nos ha dirigido!
Ahora se trata de presentar un cartel, un cartel que reproduce una bella fotografía de D. Fernando Daniel, miembro de esta cofradía, que presenta un primer plano de la cabeza y parte del torso de la imagen del Cristo de la Buena Muerte, obra del escultor Antonio Díaz Fernández. Es el cartel con el que se anuncia la Estación de Penitencia que tendrá lugar el próximo 6 abril, Viernes Santo, por las calles de Granada.
Cartel es anuncio, convocatoria. Palabra muy familiar a los cristianos, gente de Iglesia, pues este es el significado original de la palabra Iglesia, convocatoria, reunión de personas como consecuencia de una convocatoria previa. Dios convocó por vez primera a un grupo de personas huidas de Egipto, allá en los lejanos tiempos del Antiguo Testamento por medio de Moisés para que fueran su pueblo, bendecirlos y ofrecerles una plenitud de salvación. La convocatoria tendría lugar en el monte Sinaí y allí, después de tres meses de travesía por el desierto, se reunieron los salidos. Allí se constituyó formalmente la primera convocatoria, iglesia. Dios les ofreció convertirlos en su pueblo, pueblo de señores y sacerdotes. Hubo también entonces un cartel peculiar que debería servir para convocar periódicamente al pueblo y recordarles su vocación de pueblo de Dios. En esta ocasión fueron dos tablas de piedra en que se recordaba al pueblo las obligaciones que contraían como miembros del pueblo de Dios. Las dos tablas de piedra, celosamente guardadas en el arca de la alianza, recordaban constantemente a la multitud que estaban invitados a ser pueblo de Dios, a reunirse en su nombre, siempre que vivieran de acuerdo con el contenido de la convocatoria: Vivir aceptando a Dios como único Dios y considerar y tratar a los demás como hermanos. Amar y servir a Dios, amar y servir a los hombres. Estamos aquí en el origen de la Iglesia, que desde el primer momento toma forma de hermandad, fraternidad, confraternidad, cofradía.
No tuvo mucho éxito esta primera convocatoria, pero el amor de Dios es más fuerte que la cerrazón de los hombres y volvió Dios a repetir la convocatoria por medio de varios enviados especiales, los profetas. Éstos recordaron constantemente al pueblo el cartel que los convocaba a ser pueblo de Dios, las tablas de la Ley, y explicaban sus exigencias. Especialmente, ante la tendencia del pueblo a quedarse en las ramas, a confundir el culto a Dios con ofrecerle animales mientras oprimían a sus hermanos, los profetas protestan: no es éste el culto que Dios quiere, misericordia quiero y no sacrificio (Os 6,6). No tuvo éxito la convocatoria por medio de los grandes profetas de Israel. Y Dios decidió volver a convocar, esta vez de una manera especial, enviando a su Hijo. Lo recuerda Jesús en la parábola de los enviados a la viña:
Mt 21,33-39: « Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: "A mi hijo lo respetarán." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: "Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia." Y agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.
Dios decide realizar la última convocatoria, la definitiva, por medio de su Hijo hecho hombre. Si Dios quiso realizar la primera convocatoria en un contexto grandioso y temible, en el monte Sinaí en medio de rayos y truenos, de modo que los presentes pidieron a Dios que les hablara por medio de Moisés, de forma humana y no de esa forma grandiosa, ahora la realiza por medio de su Hijo que se hace hombre y convoca como hombre, asumiendo la forma del Siervo de Dios, un hombre solidario que echa sobre sí el pecado del mundo. Jesús anunció que Dios quiere hacer de la humanidad sus hijos. Ya era la humanidad hijos de Dios en cuanto quer todos los hombres son criaturas de Dios y Dios ama a sus criaturas y los trata como hijos. Pero ahora se trataba de una filiación especial, participar la que tiene Jesús y de esta forma entrar en el mundo divino. La filiación que tiene todo hombre respecto a Dios la tiene como criatura que depende necesariamente del Creador, aunque no crea en él, no lo acepte y no lo ame. Una piedra, un animal dependen necesariamente de Dios Creador porque en él tienen su razón de ser. Así igualmente el hombre. Y esta situación no podía ser el culmen de la obra creadora de Dios. Este culmen sería crear al hombre-hijo. Dios es amor, es padre, y su gran meta es crear un hombre verdaderamente hijo, que le acepte como padre por amor. Pero amor implica libertad. El amor es una realidad que solo se puede dar en la libertad. Se puede obligar con la fuerza violenta a una persona a todo, menos a amar. Sí, bajo tormento se le puede decir a una persona: “dí que me quieres”, y lo dirá, pero es mentira. El corazón, incluso bajo la violencia es libre, y no amará. Pues Dios quiere convocarnos a ser sus hijos. Este es el mensaje de Jesús, el objeto de la última convocatoria. Por ello se hizo hombre, débil y solidario, y desde esta situación débil nos invitó a aceptar libremente a Dios como padre. Eligió a un grupo de Doce como cimiento base de su “convocatoria” y puso al frente de ellos a Simón Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré “mi Iglesia”, mi convocatoria (Mt 16,18). Toda su vida estuvo al servicio de esta convocatoria, que fue rechazada. Y murió en la cruz. Pero Dios Padre lo resucitó de entre los muertos y hoy día es el Viviente, que continúa invitándonos a aceptarle, unirnos a él, participar su filiación especial y de esta formar ser miembros de la familia de Dios, formar parte de su convocatoria, su Iglesia.
Es una convocatoria, una Iglesia, que continúa abierta a los hombres de todos los tiempos y lugares. Y para ello Jesús se sirve de un cartel peculiar, su imagen de crucificado levantada un día de primavera sobre una pequeña colina cercana a las murallas de Jerusalén, el monte Calvario. La resurrección siguió a su muerte en cruz, pero Él ha querido que sea la imagen de su crucifixión, no la de su resurreción, la que presida nuestra vida y nos recuerde constantemente la convocatoria salvadora de Dios Padre. Este es el significado básico de este cartel que hoy me honro en presentar: Cristo que muere en la cruz nos convoca para formar parte de su convocatoria, su Iglesia.
Es una convocatoria en la que todos formamos parte de la única Iglesia, pero en la que se integra uno de diversas formas concretas, unos en una cofradía, otros en un movimiento apostólico, otros en organizaciones parroquiales, diversas formas de pertenencia, pero siempre con la misma finalidad, acoger la invitación a ser hijos de Dios, miembros de su pueblo y hermanos entre nosotros, y todo ello como comienzo de un camino que nos conducirá a la plenitud de la salvación.
(A este propósito hoy asistimos a algunas manifestaciones de un laicismo aberrante y sin sentido, que pretende retirar la imagen del Crucificado de los lugares públicos con la excusa del respeto debido a las personas que no comparten la fe cristiana, como los musulmanes, o simplemente que no se consideran creyentes. Ningún creyente no cristiano ha pedido tal cosa, pero, por otra parte, en el caso de una persona que no tiene fe la imagen del Crucificado es siempre un valor positivo, es el recuerdo de un hombre solidario, bueno, honrado, consecuente, que dió su vida por mantenerse fiel a sus convicciones sobre un mundo más humano y solidario).
El cartel como digo, tiene carácter de convocatoria, pero además tiene carácter de recuerdo y de anuncio. Recuerdo de lo que sucedió en el pasado y anuncio de lo que vamos a celebrar en la próxima Semana Santa.
Es un recuerdo de la muerte de Cristo. El autor del presente cartel ha sabido poner de relieve artísticamente en su foto todo el dramatismo de la muerte de Cristo vivida con una paz inefable. Es un rostro dolorido que emana paz. Es el rostro del Cristo de la Buena Muerte que ha entregado su vida por amor, haciendo así la voluntad de Dios Padre.
Es el rostro dramático del que acaba de morir y experimentar en sí mismo el drama de esta realidad que todos tememos y que él mismo temió. La carta a las Hebreos resume en una apretada síntesis toda la vida de Jesús inspirándose en la escena de Getsemaní:
“El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su amor serio... y llegado a la perfección es causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebr 5,7-9).
El autor describe la vida de Jesús como una vida destinada a la muerte, es decir, el Hijo de Dios se hizo hombre como todos nosotros, lo que quiere decir que se hizo mortal. Y sintió en sí mismo la hondura de una existencia efímera, condenada a muerte. Ante esta realidad hay filósofos que hablan del absurdo de la existencia humana: nacer para morir, comenzar a vivir, ilusionarse con la existencia y sus posibilidades para avanzar poco a poco hacia la destrucción y la muerte. Somos flores efímeras, que por la mañana crecen y por la tarde se secan ¿Tiene sentido realmente la existencia humana? Jesús vivió este aparente sin sentido y como hombre se esforzó por superarlo. Fue una lucha dramática, que resume admirablemente el autor de Hebreos: su vida fue una oración intensa ofrecida al Padre pidiendo superar la muerte, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte. Esta oración fue escuchada, pero no librándole de la muerte física sino transformando la muerte en resurrección. En términos ferroviarios con Jesús la muerte física dejó de ser estación término para convertirse en estación de tránsito. La muerte, para el que está unido a Jesús, ya no es el final total de la existencia sino un cambio de modo de existencia, un paso de la debilidad a la plenitud y fortaleza, de un vivir lejos de Dios a un vivir en la plenitud de la gloria de Dios. Ha dado así un nuevo sentido salvador a esta realidad aneja a nuestra condición humana, débil y mortal. El secreto de este cambio fue su amor serio. Efectivamente, si Dios es amor, toda vida consagrada al amor tiene que llegar a Dios. Este es el secreto de la redención. Dios Padre no quiere sangre ni sufrimiento para aceptar al hombre y perdonar su pecado. No es Dios un masoquista que se complace en nuestro sufrimiento. Lo que quiere, como todo padre, es que sus hijos lo acepten y quieran libremente y acepta a todo el que se allega a él libremente y por amor. Es lo que hizo Jesús en nombre de toda la humanidad, sus hermanos a los que representa. Consagró toda su vida a hacer la voluntad del Padre, proclamó ante los hombres libremente la voluntad del Padre sobre una humanidad más humana y fraternal, y esto le acarreó el enfrentamiento con los poderes establecidos de su tiempo, que intentaron callarlo, pero al no conseguirlo, le dieron muerte. Su muerte cruenta fue expresión de su amor a la voluntad del Padre: la cumple a pesar del sufrimiento; es expresión de su amor a nosotros, se mantuvo fiel a la proclamación de su mensaje de fraternidad a pesar de la muerte cruenta. Esto es amor serio y por este amor fue resucitado y ha sido constituido causa de salvación para todos los que le obedecen. Esto nos recuerda el rostro dramático del que acaba de morir: unidos a Jesús también nosotros superaremos la muerte física.
Muerte dramática admirablemente reflejada en el cartel: es un rostro ensangrentado, coronado de espinas, con unos ojos que se están apagando pero todavía miran, unos cabellos que terminan en unos rizos, una boca entreabierta que acaba de hablar su última palabra; y unos rayos que emanan del rostro. Y detrás de él, sobre la cabeza, un letrero en tres lenguas: Jesús Nazareno, rey de los judíos. El artista se ha inspirado en el relato de la pasión que hace el evangelista san Juan que describe a Jesús, camino de la cruz como la marcha de un rey hacia su trono. El cuadro está lleno de elementos cargados de dramatismo y paradoja, de contradicción: es rey y está crucificado, es poderoso y débil, es divino y moribundo, es un fracasado y causa de salvación.
Vamos a fijarnos en los diversos elementos.
Empezamos por los rayos que emanan su rostro, las potencias. Son tres y tienen una letras grabadas, J,H,S. Los rayos no los vieron los testigos históricos de la crucifixión, los vemos nosotros desde la fe pues creemos que el que muere es el Hijo de Dios. Cuando Moisés estuvo cuarenta días hablando con Dios en la cumbre del monte Sinaí, volvió emanando de su rostro un fuerte resplandor de tal forma que los israelitas no podían mirarle cara a cara. Era un reflejo de la gloria de Dios. El Jesús que muere es hombre e Hijo de Dios a la vez. En una ocasión, en el monte Tabor, quiso manifestar su gloria divina ante unos discípulos para confirmar su fe en él, pero fue una cosa pasajera. Quiso vivir renunciando a sus prerrogativas divinas para poder compartir nuestra existencia humana en todo, menos en el pecado. Ahora lo representamos emanando su gloria divina para ayudarnos a tomar conciencia de la grandeza divina del que muere: son tres rayos, aludiendo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. El que muere es miembro de la santísima Trinidad, es Dios, pero muere como hombre como salvador. Es lo que recuerdan las letras que tienen cada una de las potencias o rayos, una J, una H y una S, Jesús - Hombre - Salvador. Dramatismo de la muerte de Jesús. Misterio del amor de Jesús, hombre salvador.
Los ojos. Los ojos son los de un moribundo, que siguen abiertos y mirando, vigilando. Los ojos son reflejo del alma, de lo más íntimo de cada persona. Los ojos de Jesús moribundo reflejan que su vida ha sido una entrega total, limpia y sincera, como Buen Pastor que busca a cada uno de nosotros. Y desde la cruz nos sigue mirando. Ahora es el Señor resucitado, el Señor glorioso, y nos sigue mirando con sus ojos de Crucificado esperando que le devolvamos la mirada con un corazón limpio y sincero. Mirar a los ojos solo es posible entre personas leales. Así nos mira el Crucificado y así espera que le miremos.
Boca. La boca entreabierta acaba de pronunciar unas palabras, las últimas, que revelan sus sentimientos íntimos en estos momentos dramáticos. Las primeras las refieren san Marcos, que dice que a la hora de nona, Jesús dando un fuerte gritó empezó a recitar el salmo 22: Dios mio, por qué me has abandonado (Mc 15,34). El hombre Jesús, en su conciencia psicológica, se siente abandonado de Dios y grita. Es el misterio del hombre-Dios. Jesús es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, viviendo una existencia humana en todo igual a la nuestra, menos en el pecado. En su conciencia humana, en sus sentimientos humanos, percibe que está a punto de morir. Él sabe que el Padre le ama, espera su ayuda, pero se siente abandonado a un proceso de destrucción que parece que ya llega al final. Se siente solo y grita. Pero en este contexto el Padre le dará la mayor gracia que iba a recibir en su existencia terrena, la gracia de la confianza total. Confianza total es correlativa de abandono total: sólo pueblo recibir totalidad de algo el que ofrece un vacío total. Cuando han desaparecido todas las esperanzas humanas, el hombre Jesús se siente totalmente abandonado y lo grita. Y el Padre lo escucha dándole la mayor gracia: la gracia del abandono total. Y exclamó: Padre, en tus manos confío mi vida (Lc 23 46 cf Ps 31,6).
Y un poco después pronuncia sus últimas palabras. Todo se ha cumplido (28,30). Toda su vida ha estado consagrada a hacer la voluntad de Dios hasta el final. Las primeras y últimas palabras de Jesús se refieren a su disposición a vivir siempre haciendo la voluntad de Dios. ¿Recordáis qué contestó Jesús a María cuando, a los doce años, se quedó en el templo: ¿Por qué me buscabais? No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? (Lc 2,49). Y cuando comienza el ministerio público va al encuentro de Juan Bautista para que le bautice. Éste se resiste, diciendo: Yo debo ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí? Jesús le replica: Deja ahora, que conviene que de este mundo cumplamos la voluntad de Dios (Mt 39). En este contexto encajan perfectamente: Todo se ha cumplido. La vida de Jesús estuvo consagrada a hacer la voluntad de Dios. Y muere totalmente confiado en las manos del Padre, que no le falla, porque lo resucitó. Es así el Cristo de la Buena Muerte.
La nariz. La nariz pone constantemente a la persona viviente en contacto íntimo con el mundo exterior que lo rodea, pues por ella aspiramos y expiramos aire, el elemento vital que necesitamos para vivir. Jesús ya ha dejado de respirar, pues, como dicen los evangelios, Jesús, dando un grito, expiró (Mc 15,37). Nos ha dado toda su existencia y al final nos da el último hálito, aliento, el último espíritu (Jn 19,30), que san Juan entiende como el don del Espíritu, con mayúscula. La vida que deja nos la entrega a todos nosotros por medio de su Espíritu, que no es un simple hálito sino el Espíritu Santo, que lo ha acompañado en su vida. Con su muerte nos posibilita poder compartir su vida pues compartimos su aliento, su Espíritu.
A este propósito, fijaos en un detalle. La cabeza está levemente inclinada hacia adelante y hacia su lado derecho. Ya ha muerto, pero ha dado su vida voluntariamente. San Juan describe así el momento de la muerte (Jn 19,30): E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. No dice que expiró y después inclinó la cabeza, que es lo que sucede a una persona que muere: al quedarse sin fuerza, la cabeza cae, aquí es al revés, primero inclina la cabeza, en un gesto voluntario, y después entrega su espíritu. Muere en un gesto voluntario de amor. Es lo que había anunciado durante su ministerio público: Por eso me ama el Padre, porque yo doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente (Jn 10,17-18). Desde la historia Jesús no muere por masoquista, sino por fidelidad a la voluntad del Padre, cuya misión cumple hasta el final, a pesar de la oposición de los hombres.
Los cabellos cubren la cabeza de una persona y le dan calor y protección. Los solemos cuidar y así el peinado refleja en cierta manera la personalidad. La imagen de Cristo aparece con cabellos negros, que se unen a la barba negra, y terminan en rizos. Realmente, desde un punto de vista histórico, no sabemos cómo era el cabello de Jesús, pero la iconografía cristiana se inspira en el Cantar de los Cantares, donde aparece el novio como una larga cabellera negra, con los rizos cubiertos de rocío, esperando durante toda la noche a que le abra la novia: Su cabeza es oro, oro puro; sus cabellos, racimos de palmera, negros como el cuervo. Y grita el novio:
« ¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis rizos del relente de la noche.» (CALT 5,1-2) Es el Cristo que espera constantemente desde la cruz que le abramos y aceptemos su amistad vivificante.
Las mejillas están cubiertas de sangre, tiene una llaga y están sonrosadas. Son datos que parecen contradecirse, mejillas sangrientas y bellas a la vez. Es la belleza íntima del que está dando su vida por los demás.
La corona. La corona es símbolo de realeza, pero la corona de Jesús es de espinas, fruto de la burla de los soldados romanos, que se ríen de él mofándose de su declaración ante Pilato. Escribe san Juan: Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: « ¿Eres tú el Rey de los judíos? » ... Respondió Jesús: « Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí. » 37 Entonces Pilato le dijo: « ¿Luego tú eres Rey? » Respondió Jesús: « Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. » (Jn 18,34-37). Y qué es la verdad, pregunto Pilato sin esperar la respuesta. No le interesaba. La verdad es la disposición a vivir por los demás, el consagrar la vida por un mundo más fraternal y humano. Y esto se consigue no desde el poder violento sino desde la solidaridad y el amor. Por eso Jesús es rey y eligió este camino invitándonos a todos a aceptarle como rey siguiendo su camino de amor solidario.
Y esta realidad se confirma con el letrero que aparece sobre la cabeza y en el que se indica la causa de la muerte: Unos evangelistas dicen simplemente que sobre la cabeza pusieron un letrero que decía: El rey de los judíos (Mc 15,26), Este es Jesús, el rey de los judíos (Mt 27,37). Lc explicita que estaba escrito en letras latinas, hebreas y griegas y decía: Éste es el rey de los judíos (Lc 23,38), finalmente san Juan (Jn informa también que el letrero estaba escrito en tres lenguas y que decía: Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos (Jn 19,19)
El rostro de Cristo es un rostro dramático, pero a la vez rostro pacífico. Por eso es el rostro del Cristo de la Buena Muerte, de la muerte vivida en profunda paz y que es antepuerta de la resurrección. ¿Y cuál es el secreto de esta paz?
Es la paz del que acaba de recibir de Dios Padre la gracia mayor de todo su ministerio. Y muere totalmente confiado en las manos del Padre, que no le falla, porque lo resucitó. Es así el Cristo de la Buena Muerte.
Letrero entres lenguas cf Jn: rey universal
Este es el secreto de su paz. Murió como había vivido...la paz del que ama...
Recuerdo connota acción: ya te acordarás. Presentar un cartel tiene carácter de recuerdo y de acción: corresponder a este amor... En HS el recuerdo es actualizante por el poder de la Palabra cf Eucaristía... recordar es actualizar la muerte y resurrección, siempre juntas, cruz gloriosa... recordar y hacer-agradecer lo recibido:
- fruto del amor es la nueva vida filial y fraternal... sois cofradía < confraternitas, Dios Padre y Jesús hermano... nos une la vida de Jesús y sus valores = servir, un mundo mejor
- vivir la fraternidad en el cada día
- ampliar la fraternidad a todo el mundo... sigue el dolor
- Viernes Santo: no tiene sentido un acompañar sentimentaloide, lastimero...
Ha resucitado... pero sigue sufriendo en sus miembros: la cruz evoca el amor del Padre, su amor, y el sufrimiento de los Cristos crucificados hoy...hoy continúa el odio, la envidia, el egoísmo que crucifica,,, incluso la necedad de los que se autocrucifican con la droga... Dios permite pero nos obliga a oponernos, la historia en nuestras manos...
Tema de la buena muerte, con paz razón = voluntad de Dios, por amor
Anuncio: próxima Semana Santa, los cultos, la procesión... no un acto social y cultural o literario sino eminentemente religioso
El cartel nos convoca cf parábola de invitados... acoger la invitación
CAPITULO 53:
- ¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se le reveló?
- Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar.
- Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta.
- ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.
- El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados.
- Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros.
- Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca.
- Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido;
- y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca.
- Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano.
- Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará.
- Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes.
REVERENDO PADRE D. ANTONIO RODRIGUEZ CARMONA
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